Un universo de lo que es, de lo que fue y de lo que podría ser

Por Yanina Paula Nemirovsky (*)

En el Mercado de San Telmo, las antigüedades son cosa nueva. Nueva en relación con el tiempo de vida del mercado, que fue fundado allá por 1897, como orgullosamente se anuncia en la entrada de Defensa y Estados Unidos, con el propósito de servir como mercado de abastecimiento. En aquel entonces, los únicos productos que se vendían al público eran carnes y verduras, y así fue durante muchas décadas. Pero un día, hace escasos quince años, llegaron los puestos de antigüedades y el tradicional mercado se impregnó del misterio y la fantasía de los anticuarios.

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En los puestos de antigüedades, en su mayoría enfilados por la entrada de Defensa al 900, cada objeto tiene una historia única, secreta y velada;  solo intuida por la memoria. Esa historia que emerge en cada visitante que rememora su propia niñez ante la colección de autitos de metal, pesados y corroídos por el tiempo, o que recupera la imagen de su abuela tomando Cinzano en una copa de cristal tallado de color verde. La máquina de escribir que usaba el viejo. Los soldaditos de plástico con los que jugaba un hermano. La enorme araña del comedor de la casa de algún tío. El cenicero de cristal que casi rompimos en una travesura. Todas esas vidas están allí, impresas en esos objetos, superpuestas unas con otras, cambiando con cada mirada.

“La gente hoy valora más estas cosas” cuenta Marisa, mientras acomoda un juego de té de plata sobre un paño de color rojo sangre. “Antes la gente tiraba más sus antigüedades, se las daban a los cartoneros. Hoy salen a venderlas directamente.” Marisa y Luis, su marido, se dedican a la compra y venta de antigüedades desde hace siete años, pero tienen su puesto en el mercado desde el año pasado. Luis es restaurador, de modo que cada objeto de su local está trabajado por una mano invisible pero experta y comprometida. “Estas cosas no tienen valor hasta que no las pulís, las limpiás, les ponés las partes que faltan. Si la gente viera cómo nos llegan las cosas, no pagaría un peso. Pero cuando mi marido las restaura, cambian totalmente”. Marisa habla del arte de su marido con orgullo: no es un mero vendedor de antigüedades, es un artista anónimode ojos sabios y manos laboriosas.

Ella dice que nunca pudo aprender el oficio; sin embargo, se mueve con destreza dentro de su pequeñísimo puesto, atiborrado de objetos, lámparas colgantes y vitrinas, en donde apenas caben dos personas. Eso que parece un caos ante los ojos del visitante, tiene, en realidad, un orden preciso y meticuloso que Marisa conoce a la perfección. Mientras acomoda un improvisado escaparate y repite que ella no sabe nada de antigüedades, habla sobre historia del arte casi sin consciencia de sus propias palabras. “Antes las cosas se hacían con mucho más detalle” dice mientras señala la figura en bronce de un hombre egipcio llevando con correas a dos atléticos perros. Luego señala un pesado aro de bronce que alguna vez debió haber servido como llamador de una puerta: “Esa aldaba es sencillita, tiene poco trabajo. Las aldabas de antes se hacían con forma de cabeza de león o de gárgola.” Las aldabas talladas, artísticas y decorativas, explica Marisa, son las de los años treinta; aquellas que son simples aros de bronce o de hierro son de la década de los sesenta. Los años sesenta ya no califican como tiempo de antigüedad. Aunque para muchas personas representen casi una vida.

Puestos como el de Marisa abundan en el Mercado de San Telmo, entretejidos junto con otros, como una colorida verdulería, un bazar, una zapatería y algunos cafés con mesas desparramadas. Dos locales de libros antiguos exhiben reliquias como un papel con las firmas auténticas de Arturo Frondizi y de Héctor J. Cámpora, apenas protegido por un folio polvoriento. Octogenarias ediciones del Martín Fierro, colecciones enteras de libros de historia argentina, peronismo, radicalismo, la Patagonia, Mafalda. Discos de vinilo de Trío Los Panchos y Barbra Streisand. Por momentos se escucha una música de guitarra clásica que luego se pierde en el bullicio de los puestos de comidas.

El Mercado de San Telmo es un punto de convergencia del más variado público: el turista alemán con su cámara digital colgando del cuello, la señora de Parque Lezama con su changuito de compras, la pareja buscando vajilla para la nueva casa en Munro, la familia paseando al primo de Mendoza que vino de visita a Buenos Aires.

Miles de historias reales convergen en un mismo lugar, al igual que miles de historias inventadas convergen en una misma pieza de anticuario. Por eso es tan fácil perderse en el Mercado de San Telmo: es perderse dentro de la propia historia, en el universo de lo que es, lo que fue, lo que será y también de lo que podría ser.

 

(*)Yanina Paula Nemirovsky realizó esta entrevista en el Curso de Redacción Periodística y Crónica Narrativa que dicta el profesor Nerio Tello, durante los meses de mayo a julio de 2016

 

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