La ciudad de los libros

Por Nerio Tello Docente de Redacción Periodística

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Hace un par de meses circuló por internet la curiosa foto de un Ford Falcon modelo 79, “ataviado de libros”. El artista  argentino Raul Lemesoff bautizó a esta obra “móvil” como “Arma de Instrucción Masiva (ADIM)”, una suerte de tanque de guerra para combatir la ignorancia y repartir conocimiento.

Es que el libro no sólo es una bandera eterna contra el analfabetismo sino que se ha transformado, en el caso de la ciudad de Buenos Aires, es un auténtico atractivo turístico. Según el World Cities Culture Forum 2014, Buenos Aires es la ciudad con más librerías en el mundo.

El ranking internacional publicado por ese organismo incluye otras 25 grandes ciudades. A Buenos Aires, que tiene 25 librerías cada 100 mil habitantes, le sigue Hong Kong, con 22. La capital española, Madrid, tiene 16 librerías; y Shanghai, 15 librerías cada 100 mil habitantes.

Buenos Aires tiene un total de 467 librerías que, por supuesto, no están distribuidas en forma homogénea. Pero es posible observar librerías en casi todos los barrios porteños. Entre ellos se destacan las librerías de la calle Corrientes, que son las primeras que sorprenden a los turistas extranjeros y del interior del país. El tramo entre Callao y el bajo, y alrededores, que configuran el barrio de San Nicolás, reúne 121 librerías, entre productos nuevos, usados y saldos.  El segundo barrio en cantidad es Recoleta, con 57 librerías; y Balvanera (pegada a San Nicolás), 46.

Si se compara la relación librería con habitantes, también San Nicolás queda al frente con 242 habitantes por librerías, lo que marca una cifra realmente llamativa. Para comparar, Caballito tiene una relación de 10 mil habitantes por librería.

La estadística consigna que en la ciudad de Buenos Aires hay catorce barrios que no tiene librerías. Este dato, que publica y de alguna manera reafirma el diario La Nación (25/02/2015) puede ser desmentido por la realidad. Aunque en ese estudio señalan que Barracas y Villa Crespo, por ejemplo, carecen de librerías, los caminadores sabemos que en ambos barrios hay más de una librería. Sobre Scalabrini Ortiz, casi Corrientes, hay dos librerías y sobre Corrientes y Malabia, otras tantas. Lo mismo sucede en el barrio Sur: sobre Ascasubi hay una sucursal de Cuspide, para dar un ejemplo.

Un dato que habría que aportar es que mientras avanza la cultura informática, desde hace muchos años se anuncia el “fin del libro de papel”. Sin embargo eso no parece verificarse en práctica. En la Argentina se imprimen unos 30 mil libros por año que se suman a los miles de libros existentes. De hecho, sería imposible concentrar en una misma librería, al menos un ejemplar de cada uno de los libros existentes. Sería un sueño casi borgeano.

Pero las librerías de Buenos Aires no se destacan solo por la cantidad de locales sino por la calidad de los materiales y la pasión de los libreros. De hecho las librerías sobreviven, estimo, porque la gente busca algo que no encuentra en la web, porque le gusta hablar con el librero y tomar contacto con el papel. Aun en medio de la crisis del libro (hay muchos y se vende poco), en nuestro país el 80 por ciento de las ventas de libros se realizan en las librerías. Esto de alguna manera explica también el fenómeno de los libros en esos amplios locales que a veces abruman con su variedad y cantidad. El propio Umberto Eco reconoce en el prólogo de su novela El nombre de la rosa, que la historia “se le apareció” en un libro antiguo que desempolvó en una librería de la calle Corrientes.

Como nota de color podría mencionarse que muchas de esas librerías son, además, bellísimos proyectos arquitectónicos. Como el Ateneo de la calle Florida, la casi bicentenaria librería Ávila, en Alsina al 500, o la librería Menéndez en la calle Paraguay, entre muchas otras.

Y claro, la emblemática librería Ateneo Gran Splendid, de la que ya hablamos en V&T. Esa librería es la más grande de América del Sur y, según el diario británico The Guardian, la segunda entre las más bellas, detrás de la curiosa Boekhandel Selexyz Dominicanen, en Maastrich (Holanda), que ocupa una antigua iglesia de 800 años.

Más allá de que leamos mucho o poco, tenemos una sociedad que reconoce al libro como vehículo de cultura, o, si se quiere, como Arma de Instrucción Masiva, al decir del plástico Lemesoff.

Esta columna fue publicada en la sección LARGAVISTAS de la Revista V&T

 

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